El piso

Navarro Villoslada nº5, El Piso. ¿Qué sucede con los lugares donde se refugia la memoria? Cuando alguien comienza a perderla, no solo se desvanecen los nombres, los rostros o los días; también se borran los espacios en los que alguna vez fue. Y, aun así, hay lugares que permanecen. Lugares que, aun vacíos, continúan respirando lo que fueron. Lugares que conservan en silencio aquello que evocan: una presencia que no termina de marcharse. Estas fotografías nacen de ese territorio frágil donde el recuerdo lucha contra el olvido. En ellas encuentro a mi madre. La descubro en la luz detenida, en los rincones quietos, en los objetos que la acompañaron durante años y que ahora atesoro, reflejo de la huella de sus gestos y de su mirada. Fotografiar esos espacios fue una manera de retenerla, de impedir que su memoria se disolviera con el tiempo y la distancia. Mi madre fue una mujer fuerte, entera, independiente. Cuando empezó a reconocer la pérdida de su propia memoria, tuvo también que aprender a dejarse cuidar. Al ingresar en una residencia, su casa dejó de ser casa. El piso, sus muebles, sus tazas, sus hilos, sus guantes, sus cuadros, todo aquello que había formado parte de su mundo cotidiano quedó suspendido en una especie de espera. Algunos objetos cambiaron de lugar, pero no de alma: siguieron nombrándola, siguieron llamando a su memoria. Antes de que aquel piso fuera vendido, lo fotografié. Más tarde, al positivar las imágenes, su recuerdo apareció de golpe, sin llamar a la puerta. Cada fotografía me devolvía un sonido, una sombra, una forma de estar. Al mirarlas, casi puedo oír la suavidad de sus zapatillas de cuadros; la imagino atravesando la casa con la luz de la tarde, acercándose despacio, como si aún habitara en los gestos y en ese lugar íntimo donde permanecen quienes amamos. En sus objetos vuelve mi madre. Regresa entre los hilos y el dedal, en las tazas de los domingos, en las láminas colgadas en marcos dorados, en el Niño Jesús, en la caja de pañuelos bordados con su nombre, en los guantes y en tantas cosas sencillas que, al ser fotografiadas, dejaron de ser únicamente cosas. Cada una de ellas conserva una parte de su historia. Cada una de ellas la retrata. Poco a poco, mi madre dejó de cuidar de la casa. Dejó de pasar el polvo, de abrir las ventanas, de subir y bajar persianas, de barrer, fregar, planchar, regar, preparar la mesa, administrar, ordenar, decidir, resolver y sostener, con pequeños gestos, la vida cotidiana. Dejó de hacer esas tareas invisibles que sostenían el mundo de su hogar y que, al desaparecer, revelaron la fragilidad de su memoria. Deseo que quien recorra estas imágenes pueda sentir esa presencia. Que, al pasar entre ellas, escuche un susurro, reconozca un gesto, recuerde su propia casa, a su madre, a su abuela, o una habitación que ya no existe pero que aún recuerda. Ojalá este trabajo fotográfico nos invite a escuchar las historias escondidas de quienes ya no pueden recordarlas y de quienes todavía pueden contarlas. Mar Mateo Sainz