Oxford Road

Una ventana es señal de vida y conexión.

La primera vez que visité la carretera fue como transeunte. Caminaba en busca de historias que contar. La segunda vez fui con mi cámara, una ventana abierta que enmarcaba la carretera. Busqué huellas y ecos del pasado: los ladrillos, las baldosas, las piedras, las vallas de madera, los ojos de las cerraduras, los marcos metálicos, las chimeneas, las puertas. Dondequiera que miraba veía las huellas del tiempo.

Pero ¿qué hay de quienes han trabajado, dormido, comido, cantado y llorado allí? ¿Y de los residentes que han reído, han tenido hijos e incluso han fallecido? ¿Dónde podía encontrar sus huellas, las de esos habitantes del pasado?
Al entrar en las casas y mirar hacia fuera a través de sus ventanas, la carretera adquiere otras dimensiones. Atrapo destellos del mundo exterior y, con mi imaginación, alcanzo los maravillosos o tristes registros de las vicisitudes de las casas.

“¡Oh, Mar! ¡Esa ventana está muy sucia! Déjame limpiarla primero”.

“¡No! ¡No!”, decía yo. “La prefiero así. ¡Con las huellas por todas partes!”.

“Déjame mover las flores… verás mejor”.

“¡Oh, no! No te preocupes. Me gustan las flores ahí”.

“¿Te apetece una taza de té?”

“Sí, por favor”.

Nos sentábamos junto a la ventana y hablábamos de muchas cosas. Ella me lo contaba todo sobre las flores y las cortinas. Y yo salía de la casa con la cámara llena de historias que contar.